«¿Cuánto tengo que haber puesto yo antes de pedirle dinero a alguien?» Es una pregunta razonable y casi nadie la contesta con honestidad, porque la respuesta cómoda —«cuanto más, mejor»— es inútil y la respuesta concreta —una cifra— no existe. Lo que sí existe es un criterio, y se puede explicar.
Empecemos por lo que hay detrás de la pregunta. Quien va a entrar en tu capital no está midiendo tu ahorro: está midiendo cuánto del riesgo ya se ha repartido antes de que llegue él. Un proyecto donde el fundador no ha arriesgado nada no es un proyecto barato, es un proyecto en el que la única persona que puede perder dinero es la que lo pone.
Dos negocios que necesitan lo mismo pueden estar en sitios completamente distintos. Uno ha consumido los ahorros de su fundador y funciona; el otro no ha gastado nada porque no ha hecho nada todavía. La cantidad absoluta apenas informa. Lo que informa son tres cosas:
La exigencia no es una manía de los inversores privados. Enisa, que es pública, lo pone por escrito en las condiciones de sus préstamos participativos: los fondos propios de la sociedad deben ser, como mínimo, iguales a la cuantía del préstamo que se solicite. Es el mismo razonamiento, escrito por un organismo del Estado.
Aquí es donde se rompen la mitad de las conversaciones. Mucha gente suma todo lo que ha salido de su bolsillo y presenta el total. Quien va a entrar hace otra cuenta.
| Cómo lo pusiste | Cómo lo lee quien entra | Qué pasa en la operación |
|---|---|---|
| Capital social y prima | Riesgo asumido, sin retorno pactado | Se queda dentro |
| Aportación de socios sin ampliar capital | Riesgo asumido, no escriturado | Se queda dentro |
| Préstamo de un socio a la empresa | Deuda, no capital | Hay que decidir qué se hace con él |
| Deuda personal avalada por ti | Riesgo tuyo, pasivo de la empresa | Se descuenta de la valoración |
| Horas sin cobrar | Compromiso, no aportación | No se traduce a euros |
Las tres primeras filas son distintas de verdad, no matices contables. Si metiste el dinero como préstamo de socio, ese dinero es un pasivo: figura como una deuda que la empresa te tiene a ti. Y entonces aparece la pregunta incómoda que hay que resolver antes de firmar nada: cuando entre el dinero nuevo, ¿parte de él va a servir para devolverte lo tuyo?
Si la respuesta es sí y no está dicho desde el principio, la operación se cae cuando se descubra. Y se descubre siempre, porque el balance lo dice. Las salidas razonables son dos: capitalizar ese préstamo antes de la entrada —convertirlo en participaciones, asumiendo el mismo riesgo que asume el que llega— o dejarlo por escrito con un calendario de devolución que no se financie con el dinero de la ronda.
Desde la Ley 18/2022, de creación y crecimiento de empresas, una sociedad limitada se puede constituir con un capital social de 1 euro, con la contrapartida de destinar a reserva legal al menos el 20 % del beneficio hasta que reserva y capital sumen 3.000 euros. La consecuencia práctica es que la cifra de capital dejó de ser una señal: no distingue a quien ha puesto dinero de quien no.
Por eso lo que se mira es el patrimonio neto, y ahí conviene conocer el suelo. El texto refundido de la Ley de Sociedades de Capital establece como causa de disolución que las pérdidas dejen el patrimonio neto reducido a menos de la mitad del capital social, y hace responder solidariamente a los administradores de las deudas posteriores si no convocan junta para resolverlo.
Supongamos una sociedad constituida con 3.000 euros de capital y sin más aportaciones. Le basta acumular 1.501 euros de pérdidas —un trimestre malo en casi cualquier negocio— para estar técnicamente en causa de disolución. No es que el negocio vaya mal: es que no había colchón. Capitalizar por encima del mínimo legal no es un gesto de orgullo, es lo que evita que tengas que explicar esa situación en la primera reunión.
Lo que sigue es criterio propio, no un estándar de mercado ni una tarifa. Son las proporciones con las que miramos un proyecto, expresadas frente al dinero que se pide, no frente a tu patrimonio.
| Fase | Qué esperamos ver ya puesto | Cómo se demuestra |
|---|---|---|
| Idea sin actividad | Al menos un tercio de lo que pides | Extractos y facturas |
| Negocio abierto, primeras ventas | Alrededor de la mitad | Balance y cuentas |
| Negocio en marcha con beneficio | Lo que la empresa haya retenido | Cuentas depositadas |
| Expansión sobre algo que funciona | Puede bajar bastante | Histórico del negocio existente |
Las dos últimas filas explican algo que sorprende: cuanto mejor va el negocio, menos dinero fresco tuyo hace falta. Un negocio con varios ejercicios de beneficio ya ha demostrado lo que la aportación del fundador solo prometía. Los beneficios que dejaste dentro en lugar de repartirlos son dinero propio, y de la mejor clase: es el único que la empresa se ha ganado.
La primera fila es la más dura y es deliberado. Sin actividad no hay nada que enseñar salvo tu propia apuesta, así que tu apuesta tiene que pesar. Si la idea no te parece lo bastante buena como para poner un tercio, el problema no es de financiación.
Hay una vía legítima que se usa poco y se entiende mal: el pago único de la prestación contributiva. El SEPE permite cobrar de golpe el valor actual de la prestación que quede pendiente para destinarlo, entre otras modalidades, a una aportación al capital social de una sociedad mercantil de nueva creación. Tiene requisitos estrictos de plazos y de control de la sociedad, así que conviene leerlos antes y no después. Pero es dinero tuyo entrando como capital, y como tal se lee.
Existe el exceso, y casi nadie avisa de él.
El primero es fiscal y es concreto. La deducción estatal por inversión en empresas de nueva o reciente creación exige, entre otros requisitos, que los fondos propios de la entidad no superen los 400.000 euros al inicio del período impositivo en que se adquieran las participaciones, que estas se suscriban en la constitución o en una ampliación dentro de los cinco años siguientes —siete para empresas emergentes—, y que la participación del inversor y su familia próxima no pase del 40 % del capital. Si has capitalizado la sociedad muy por encima de esos fondos propios, tu inversor pierde la deducción. Eso no impide la operación, pero cambia el precio al que le compensa entrar.
El segundo no está en ninguna norma. Quien ha puesto hasta el último euro que tenía negocia mal, porque no puede decir que no. Y eso se nota en la mesa. Conservar capacidad de aguantar unos meses más no es falta de compromiso: es lo que te permite rechazar unas condiciones malas.
La última distinción, y la que más gente pasa por alto. Haz la cuenta: dos fundadores han puesto lo mismo. Uno lo destinó a obra, maquinaria y una web que funciona; el otro, a dos años de estudios de mercado, una marca registrada y sueldos de una estructura que se desmontó. Aportaron idéntica cantidad. Lo que queda dentro de la empresa no se parece en nada.
Quien entra no compra tu esfuerzo pasado: compra lo que la empresa producirá desde mañana. Así que la pregunta útil no es «cuánto he metido», sino «si mi aportación desapareciera del histórico, ¿qué seguiría existiendo aquí?». Si la respuesta es un local montado, una clientela y un equipo, has puesto suficiente aunque la cifra sea modesta. Si la respuesta es poca cosa, ninguna cantidad habría bastado.
Merece la pena recordar por qué esto importa tanto. Según la Demografía Armonizada de Empresas del INE, el 41,9 % de las empresas nacidas en 2018 seguían vivas cinco años después. Quien entra en el capital de una empresa pequeña sabe en qué distribución está jugando, y lo único que puede hacer para mejorar sus probabilidades es elegir bien. Tu aportación previa es uno de los pocos datos duros que tiene para elegir.
Invertimos capital propio en posiciones minoritarias, así que la pregunta de cuánto has puesto tú no es un trámite: define cuánto riesgo nos queda por repartir. Miramos el balance antes que el plan de negocio, preguntamos en qué forma entró cada euro y qué parte sigue dentro, y no cobramos nada por ese análisis. Si la conclusión es que todavía es pronto —que lo que necesitas no es un socio sino seis meses más de facturación—, lo decimos en la primera conversación. Es más barato oírlo entonces.
Siguiente paso
Cuéntanos qué has metido, en qué forma y qué queda dentro de la empresa. Analizar un proyecto no cuesta nada y si todavía es pronto, lo decimos.